En los últimos días han ocurrido dos sucesos que, aparentemente, no tienen nada que ver.

“No puedo respirar” es lo último que dijo George Floyd, un hombre negro en Minneápolis cuando un policía, sin provocación previa, extinguía su último aliento presionando con su rodilla su cuello durante interminables minutos, hasta que perdió el conocimiento, muriendo minutos después. “Era un delincuente”, dijeron. Había intentado pagar con un billete falso de 20 dólares.

Un perro de buen carácter, nunca tuvo un mal gesto, criado con niños… Marley vivía en Castellón y era un perro muy querido por su familia. El destino quiso que una puerta se quedara abierta y él saliera a la calle. Tres disparos retumbaron. Era la policía. Marley yacía en el suelo, inmóvil, al lado de la puerta de su casa.

En el caso de George Floyd la versión de las autoridades (adivinad) discute que la hipoxia fuera la clave de su muerte, achacándola a algún “incidente médico” ajeno a la actuación policial. La autopsia oficial y la privada, encargada por la familia de Floyd verifica lo que todos pudimos ver en el video. Que le faltó el aire. Que no podía respirar. Que eso es suficiente razón para morir.

En el caso de Marley el policía dijo que sólo disparó una vez, porque “le atacó”. Hay otra versión que dice que no lo hizo, que el policía “se asustó” y sacó el arma. Marley no puede dar su versión, pero ya se le ha realizado una necropsia a su cuerpo, que contradice la versión que da el policía. Y su familia, rota de dolor, va a luchar porque se le haga justicia.

Sabemos que las fuerzas y cuerpos de seguridad son las autoridades designadas para detentar el monopolio de la fuerza. En su gran mayoría, hay que decirlo alto y claro, son grandes profesionales. Pero ningún colectivo se escapa de tener manzanas podridas. Al delegar el ejercicio de la fuerza, el Estado espera que el uso del derecho no escape de la finalidad social que conlleva. Es decir, que su titular respete el interés legítimo de un tercero que pueda verse afectado. Pero donde hay uso, a veces, sucede el abuso. Ya lo decía Víctor Hugo: “El abuso no es uso, es corruptela”.

El abuso policial, cuando sucede, es algo muy grave, no olvidemos la posición predominante que estos cuerpos tienen sobre cualquier ciudadano medio, con recursos coercitivos para hacer guardar la ley: armas de fuego, defensas, grilletes, etc. Además cuentan con protección jurídica en el ejercicio de su cargo, como la presunción legal de veracidad de sus declaraciones (que no es irrompible, pero sin prueba en contrario es método de prueba). Qué duda cabe que eso contribuye a generar la sensación de que los abusos policiales quedarán sin castigo, en cierta suerte de impunidad.

Este tipo de extralimitaciones entronca con las bajas pasiones humanas y se suele cebar en los más vulnerables, en su color de piel, en su situación económica deprimida, en su identidad de género u orientación sexual, en su diversidad funcional… también en esos seres no humanos que, como Marley, nunca tuvieron voz.

Una serie de dudas se nos suscitan: ¿Por qué si Marley supuestamente estaba agresivo no llamaron a su domicilio para que se hicieran cargo de él? ¿Por qué tampoco llamaron a la empresa que tiene la recogida de animales de la ciudad, en teoría formados para ello? ¿El Ayuntamiento tiene un protocolo de actuación para estas situaciones? En caso de existir, ¿se cumplió? ¿Todos los agentes de policía han recibido formación, saben qué es lo que se debe hacer o, por el contrario, improvisan? ¿Cuántos miedos puede tener una persona al tiempo que empuña un arma? ¿Es fiable el atestado que pueda redactar un policía que tiene el derecho de no declarar en su contra? ¿debería tener también presunción de veracidad?… ¿quién vigila a quienes nos vigilan?…

En Minneápolis la ciudad está literalmente ardiendo. “I can´t breath”.

En Castellón también hay fuego. En los corazones de quienes querían a Marley.

Muchas incógnitas.

Dos muertes perfectamente evitables.

Es necesario exigir más responsabilidad a quienes la detentan.

Por nuestra seguridad. Por la de los nuestros.

Hoy ha sido Marley, mañana podría ser cualquiera.

Por justicia.

 

Eloi Sarrió

Es abogado animalista y criminólogo

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